El valor de ser Maestro
Hace mucho, mucho tiempo que no veo un buen maestro. Reconozco que para la mayoría de los docentes no debe ser fácil. Amén de las consabidas desvalorizaciones de las últimas décadas, de la agresividad permanente en padres y alumnos, de la desidia de directivos, consejeros, etc, etc,etc. , creo que está faltando ALGO que tiene que ver con lo intuitivo, con el lugar en que un ser humano se para ante la vida.
Desde mi lugar, hace años que sólo veo docentes evaluadores, sin ninguna herramienta para resolver las situaciones más habituales que se presentan hoy en un grado: por ejemplo, si un chico tarda en copiar, es, digamos, un poco lento, nadie sabe que hacer con él. Esta mínima situación problemática que aparece siempre en el ejercicio de la docencia, no tiene solución. Los docentes (por supuesto que estoy generalizando) : No saben (intelectualmente hablando) qué hacer, qué herramientas utilizar. En el mejor de los casos, harán uso de su intuición y buena voluntad. En la mayoría, con ese pequeño problema, se abre una puerta a un drama educacional: en los colegios privados, se deriva al alumno (vía padres, por supuesto) a psicopedagoga, a maestra particular, a psicólogo y finalmente se le ofrecerá el pase. La mayoría de los colegios privados de Mar del Plata, sobre todo los más tradicionales, son expulsivos. Ante la menor cuestión, delegan. Insisto, en general las maestras no tienen herramientas para casos tan comunes hoy en día como, por ejemplo, los trastornos de la atención con o sin hiperactivid
Pero más allá de lo puramente intelectual, el maestro de hoy no tiene (insisto, generalizo!) la intención de resolver el problema.
Se ha psicologizado tanto, que si no lo dice un profesional, padres y maestros no se animan a hacer nada.
Quedarse en un recreo con el chico, acercarlo al escritorio de la señorita, llevarle actividades a propósito, son hoy utopías en las aulas. Y los padres, entre la poca paciencia, el horror a la frustración y el miedo a los hijos, empiezan a rodar de colegio en colegio, de psicólogo en psicólogo, de maestra particular a otra, en una agonía que se extiende hasta el fin de la escolarización.
Ya seguiremos.
Hace mucho, mucho tiempo que no veo un buen maestro. Reconozco que para la mayoría de los docentes no debe ser fácil. Amén de las consabidas desvalorizaciones de las últimas décadas, de la agresividad permanente en padres y alumnos, de la desidia de directivos, consejeros, etc, etc,etc. , creo que está faltando ALGO que tiene que ver con lo intuitivo, con el lugar en que un ser humano se para ante la vida.
Desde mi lugar, hace años que sólo veo docentes evaluadores, sin ninguna herramienta para resolver las situaciones más habituales que se presentan hoy en un grado: por ejemplo, si un chico tarda en copiar, es, digamos, un poco lento, nadie sabe que hacer con él. Esta mínima situación problemática que aparece siempre en el ejercicio de la docencia, no tiene solución. Los docentes (por supuesto que estoy generalizando) : No saben (intelectualmente hablando) qué hacer, qué herramientas utilizar. En el mejor de los casos, harán uso de su intuición y buena voluntad. En la mayoría, con ese pequeño problema, se abre una puerta a un drama educacional: en los colegios privados, se deriva al alumno (vía padres, por supuesto) a psicopedagoga, a maestra particular, a psicólogo y finalmente se le ofrecerá el pase. La mayoría de los colegios privados de Mar del Plata, sobre todo los más tradicionales, son expulsivos. Ante la menor cuestión, delegan. Insisto, en general las maestras no tienen herramientas para casos tan comunes hoy en día como, por ejemplo, los trastornos de la atención con o sin hiperactivid
Pero más allá de lo puramente intelectual, el maestro de hoy no tiene (insisto, generalizo!) la intención de resolver el problema.
Se ha psicologizado tanto, que si no lo dice un profesional, padres y maestros no se animan a hacer nada.
Quedarse en un recreo con el chico, acercarlo al escritorio de la señorita, llevarle actividades a propósito, son hoy utopías en las aulas. Y los padres, entre la poca paciencia, el horror a la frustración y el miedo a los hijos, empiezan a rodar de colegio en colegio, de psicólogo en psicólogo, de maestra particular a otra, en una agonía que se extiende hasta el fin de la escolarización.
Ya seguiremos.

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